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Textos: Gaziel

El violín de la paz

Entonces el jefe de la batería nos ha dicho: "¿Quieren ustedes oír al primer violín de la Ópera de Burdeos?" De momento pensamos que, armado de buena pero intempestiva voluntad, el oficial iba a complicar nuestra modorra con alguna insoportable audición de fonógrafo. Pero los de Francia son los soldados más desconcertantes del mundo. En lugar del odioso aparato que habíamos previsto, ha aparecido, al oír las voces con que le llamaba el oficial, un humilde artillero empuñando el violín más extraordinario que pueda soñarse. Su caja era un estuche de cigarros habanos. La empuñadura o mango, consiste tan sólo en una rama de encina, arreglada a cuchillo, y tiene en su extremo una voluta perfecta, con sus respectivas clavijas. El caballete o puente está asimismo construído a mano, como el sostén de las cuerdas, el botón, los oídos en forma de f y el arco flexible con el cual se hace vibrar tan peregrino instrumento. Al extremo del mango, en su punto de enlace con la voluta, la silla que soporta las cuerdas y que generalmente se compone de un pedacito de marfil o de ébano, está fabricada con el hueso de un cadáver alemán, encontrado en los campos de batalla del Marne. Con tales elementos y, además, unas cuerdas que alguien le trajo de Compiègne, el soldado - que nos han dicho ser el primer solista de la Ópera de Burdeos - ha fabricado su maravilloso violín de campaña.

Aun después de verlo, pensamos que (descontando su originalidad) ese violín era tan sólo un juguete curioso, cuyo valor sonoro sería por completo miserable. Pero una vez calmado el alboroto que su aparición produjo entre los circunstantes, el violinista comenzó a arrancar de las cuerdas, en medio de un silencio profundo, la serena melodía del Aria de Bach.

No sé si los dedos del músico obraban milagros o si la inesperada audición y el encanto del lugar aumentaban la sensibilidad de mi alma. Pero pocas veces había escuchado con un recogimiento tan hondo aquella obra maestra del genio alemán, entonada con voz clara, continua, dulcísima, por el extraordinario violín, bajo la pulsación de un soldado francés y en frente mismo de la inmensa batalla.

Al terminar la audición, ovacionamos largamente al artista. Nuestro capitán opinó que un tan portentoso instrumento debería figurar, una vez terminada la lucha europea, en el museo general de la guerra. Y luego - como se hiciera tarde, - después de despedirnos del oficial y de sus subordinados, emprendimos el descenso del monte hacia el castillo de Annel.

Mientras andábamos en silencio, yo pensaba en el raro e inolvidable suceso que acababa de presenciar. Bach, el maestro perfecto de la música alemana, interpretado con fervor religioso por un artillero francés, sobre un violín que guarda como reliquia el huesecico de un pobre combatiente germánico y en plena línea de fuego. ¡Qué escena tan inesperada, tan simple, tan llena de inefable sentido! Y me decía que, mientras el soldado francés empuñaba su dulce violín, el alma del guerrero alemán, cuyo hueso era una parte esencial de tan raro instrumento, debía dilatarse con un gozo infinito al sentir que los dedos de su mismo enemigo temblaban de amor, de admiración y respeto, al arrancar de las cuerdas vibrantes la serena y acompasada melodía del Aria de Bach.

El capitán había calificado el violín de "instrumento curioso de la guerra". Pero a mí me parecía, al recordar su voz temblorosa que dominaba el rumor del cañoneo lejano, mucho más justo y sobre todo más grato llamarle, en secreto, "el violín de la paz"[...]

En las líneas de fuego. de Gaziel. Casa Editorial Estudio, Barcelona, 1917.

Extracte del capítol "El violín de la paz". Articles publicats a La Vanguardia, durant la primera guerra mundial.